Decía Tía Anica La Piriñaca que cuando cantaba a gusto le sabía la boca a sangre.
Esta frase ha pasado a la posteridad como un reflejo de lo que el arte puede llegar a constituir para muchos. La Gastronomía también es uno de los referentes artísticos mundiales sea cual sea su forma, así que puedo decir alto y claro, que delante de una buena receta y unos productos de calidad -no sólo la boca- sino el alma también nos puede saber a sangre.
Este es el caso del plato con el que retomo la actividad bloguera pura y dura. Una tapa fresquita para estos días de calor, que nos llena la cocina de aromas de mar, de sal y de tradición. Espero que os guste.
HUEVAS DE MERLUZA A LA PIRIÑACA
Ingredientes:
Huevas frescas de merluza
Un pimiento rojo
Un pimiento verde
Media cebolleta
1 diente de ajo
Agua mineral
Una hojita de laurel
Vinagre de Jerez
Aceite de oliva v. e.
Una pizca de azúcar
Sal
Lavamos bien las huevas, las cubrimos con agua mineral, añadimos sal y una hojita de laurel y dejamos que rompan a hervir. Una vez que el agua empiece a cocer, dejamos cocer 6 minutos y retiramos escurriendo bien el agua sobrante. Cortamos las huevas en trozos no muy pequeños para evitar que se nos deshagan y reservamos.
Picamos los pimientos, la cebolleta y el ajo del grosor que más nos guste. En mi caso muy chiquitín porque así se mezclan más los sabores y queda una presentación final más piticoña jajajaj
Añadimos una pizca de sal y otra de azúcar . Regamos con un chorrito de vinagre de Jerez y un buen chorreón de aceite de oliva y mezclamos.
Añadimos las huevas troceadas y -con mucho cuidado- mezclamos todos los ingredientes.
Tapamos con papel film y metemos en la nevera un par de horas mínimo para que la tapa esté fresquita y los sabores se mezclen en condiciones. De un día para otro también están deliciosas.
Por último, nos servimos una buena tapa y la acompañamos de un vinito Manzanilla, por eso de completar el concepto meestoydandolavidapadre jajaj
Nunca me olvidaré de esas mañanas de mercado en las que se te veía elegir minuciosamente los ingredientes que iban a poblar después tus cazuelas, mientras una cabriolita mellada te acompañaba en silencio comiendo la bolsita de altramuces de rigor. Tampoco me olvidaré de esas tardes de interminables charlas gastronómicas con las que me metiste en el cuerpo el gusanillo de los fogones, ni de tus consejos sobre cómo hacer un buen machado con su almendra, sus piñones y su pan frito. Tu recuerdo huele a mazapán. Gracias, abuela.
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